Al llegar a esa franja del espacio, los electrones energéticos son atrapados en el cinturón de radiación de la Tierra y pueden eventualmente causar problemas para los satélites que orbitan el planeta.
El fenómeno es muy energético, y, en un abrir y cerrar de ojos, la potencia del haz de electrones puede volverse tan grande como la de una pequeña central nuclear.
Un equipo de científicos de Dinamarca, Francia, España, y el Reino Unido, ayudó a Füllekrug a detectar las intensas descargas eléctricas que establecen el acelerador de partículas.
Los especialistas monitorizaron el área sobre las tormentas con videocámaras y observaron descargas eléctricas lo bastante fuertes como para producir por encima de las tormentas ciertos resplandores fugaces referidos coloquialmente como “espíritus” o “duendes” (“sprites” en inglés). Se encontró que una pequeña fracción de estos “duendes” coincidía con los haces de partículas.
Desde que en 1925 el físico escocés Charles Thomson Rees Wilson, ganador del Premio Nobel, especuló acerca de las descargas eléctricas por encima de estas tormentas, se había venido sospechando que la zona por encima de las tormentas era propensa a comportarse como un acelerador natural de partículas.
Dentro de unos pocos años, cinco misiones espaciales diferentes (los satélites TARANIS, ASIM, CHIBIS, IBUKI, y FIREFLY) permitirán la medición directa de los haces de partículas energéticas.
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